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10 de julio: Decimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario

 Abril Villarreal-Medina
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Decimoquinto Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo C
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El amor que salva

Deuteronomio 30:10-14: Moisés invita al pueblo a escuchar la voz de Dios y a cumplir sus mandamientos que se encuentran en la Ley. Los preceptos del Señor no están fuera de nuestro alcance; se encuentran dentro de nosotros mismos porque todos ellos están centrados en el amor.

Colosenses 1:15-20: Cristo es la imagen de Dios invisible por quien han sido creadas todas las cosas y recreadas por medio de la Redención. Con su muerte en la cruz, Cristo nos ha reconciliado con Dios haciéndose así Señor de todo lo creado.

Lucas 10:25-37: La salvación que Dios nos ofrece gratuitamente a todos, está en sí misma condicionada al ejercicio de nuestro amor a Dios y al prójimo. Es necesario que lleguemos a descubrir al prójimo que nos necesita y que nos pongamos a su servicio para poder decir que practicamos el amor que salva.


Mensaje a la vida

Cualquier cristiano medianamente consciente de sus responsabilidades, está convencido de que una de sus obligaciones más serias es amar a los demás, a sus hermanos y hermanas. Este amor se encuentra en lugar de preferencia entre los mandamientos de la Ley de Dios. Y ocupa este lugar de preferencia, sin duda, a lo largo del Evangelio donde Jesús nos viene a decir que nuestro amor a Dios sólo puede ser sincero si es expresado en un amor auténtico a nuestros hermanos y hermanas.

Con esto, sin embargo, no está dicho todo. Son muchos los interrogantes que surgen en nuestra mente cuando tratamos de llevar a la práctica este mandamiento del amor. Y quizás sea éste el más importante de estos interrogantes: ¿Y quién es realmente mi hermano y mi hermana? ¿Quién es ese prójimo que tengo que amar para ser fiel al mandato del Señor?

No es ésta una pregunta nueva; es la misma que un día hiciera a Jesús aquel letrado de la Ley al descubrir las implicaciones que llevaba consigo el mandamiento del amor. Parece que le habían impresionado las declaraciones de Jesús que condicionaban la salvación al cumplimiento de la ley del amor en su doble vertiente: hacia Dios y hacia el prójimo.

Aparentemente, el letrado sabía quién era Dios; y sabía que a Dios había que amarle sobre todas las cosas; pero tiene sus dudas sobre la identidad del prójimo. Por eso, no duda en preguntarle a Jesús directamente: «¿Y quién es mi prójimo?» Jesús le da una respuesta con un hermoso ejemplo: la parabola del buen samaritano.

El personaje realmente importante de esta historia no es precisamente el hombre herido y abandonado en el camino, sino cada uno de los personajes que pasan a su lado. No sabemos si el sacerdote y el levita –personajes respetados por el pueblo– eran conscientes de que aquel hombre herido era su prójimo, pero sí se nos dice que «pasaron de largo». Sin embargo, el samaritano –el oficialmente pecador– se acerca al hombre abandonado en el camino y se hace responsible de curarle sus heridas.

Con un gran sentido pedagógico, Jesús termina la historia con una pregunta dirigida al letrado: «¿Cuál de estos tres te parece que se portó como prójimo del que cayó en manos de los bandidos?» «El que se mostró compasivo con él», respondió el letrado. Entonces Jesús le dice: «Anda, haz tú lo mismo».

En este hermoso diálogo podemos descubrir la enseñanza clave de esta parábola de Jesús: Lo importante no es tanto saber quién es mi prójimo, sino saber qué es lo que debo hacer –y hacerlo– para convertirme en verdadero prójimo de los demás.

La palabra «prójimo» nos habla de cercanía, de proximidad. No podemos hacernos la ilusión de ser prójimos de quienes están alejados de nuestra vida, o de aquellos de quienes nosotros nos hemos alejado porque no queremos «complicarnos la vida».

A lo largo de nuestro caminar por la tierra, nos encontramos a diario con muchas personas. Y tenemos que admitir que no todas las personas atraen nuestra atención. Con frecuencia pasamos de largo porque no nos interesan sus problemas o porque pensamos que ya tenemos bastante con los nuestros. En el fondo, lo que queremos es llegar a convencernos de que nosotros nada tenemos que ver con los problemas de los demás.

Por eso hoy seguimos pasando de largo ante los pobres, los marginados, los que padecen injusticias, los que no tienen voz para defender sus derechos… Con una gran indiferencia les dejamos sufriendo en el camino, poniendo distancia entre nosotros y sus problemas.

Seremos prójimos de los demás cuando nos mostremos compasivos con ellos, como lo hizo el buen samaritano. Y no debemos confundir compasión con lamentaciones o sentimientos de pena ante los sufrimientos de los demás. Como lo dice la misma palabra, seremos compasivos cuando padezcamos con quien sufre, cuando compartamos su carga para que no les resulte a ellos tan pesada, cuando nos pongamos a su disposición para luchar contra las causas de su sufrimiento y ayudarles así a hacerlo desaparecer.

Para que nazca en nosotros una actitud de auténtica compasión, es necesario que tomemos la decisión de acercarnos a los demás con la intención de conocer sus problemas e interesarnos por su vida. Como cristianos, no podemos esperar a que los demás nos llamen o nos griten desde su desesperación. El verdadero amor cristiano nos está exigiendo que nos adelantemos a ofrecer nuestra mano compasiva a todos aquellos hermanos y hermanas que necesiten nuestra ayuda.

No son pocas nuestras excusas para no detenernos ante las necesidades de los demás. Excusas que a veces rodeamos con un ropaje de «obligación», de algo que necesariamente tenemos que hacer, de alguna orden que debemos cumplir. Pero, ¿podrá haber alguna obligación que nos dé derecho a pasar de largo ante las necesidades de los demás?

Si estamos convencidos de que no podemos amar a Dios si no amamos a nuestro prójimo, ¿cómo podríamos decir que hemos pasado de largo ante los demás porque otras obligaciones –incluso religiosas– nos lo han impedido? Por muy sagrada que sea, ninguna obligación puede estar por encima del amor.

La Ley del Señor no está fuera de nuestro alcance, como decía Moisés a su pueblo. Y esto es verdad, sobre todo, para nosotros que hemos recibido de Cristo el mandamiento nuevo del amor. Con este mandamiento hemos recibido la capacidad de amar; y de amar como Cristo nos ha amado.

Dios no espera de nosotros cosas imposibles, pero sí espera que nuestro amor hable por sí mismo de entrega sincera a los demás, de conocimiento real de sus necesidades, de esfuerzo personal por curar las heridas de todos aquellos que se encuentren abandonados en esos caminos de la vida que hemos construido con nuestro orgullo y nuestro egoísmo.

¿Qué debemos hacer hoy para ser verdaderos prójimos de los demás? Preguntémosle a nuestro corazón. Dejemos que nos hable de nuestra generosidad ante las necesidades reales de nuestros hermanos y hermanas. Contemos las veces que nos hemos detenido a dar una mano compasiva a esas personas que nos necesitan. Evaluemos toda nuestra vida a la luz del mandamiento nuevo del amor; un amor que se hace realidad en ese acercamiento sincero y comprometido a esos hermanos y hermanas que encontremos cada día a lo largo de nuestro caminar por la vida.


Para reflexionar en grupo

1.  ¿Puedes decir que tienes una idea clara de quién es el prójimo a quien tienes que amar?

2.  A la luz de la Palabra de Dios, ¿qué debemos hacer para ser verdaderos prójimos de los demás?

3.  Piensa en algunas personas ante las cuales has pasado de largo… ¿Qué puedes hacer ahora para acercarte a estas personas con verdadero espíritu de compasión?