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11 de junio: Santísima Trinidad

 Abril Villarreal-Medina
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Santísima Trinidad,

Ciclo A
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Creemos en unas Personas vivas

Exodo 34:4b6, 89: Moisés se acerca a Dios que de una manera misteriosa y maravillosa está guiando a su pueblo a través del desierto. En nombre del pueblo, Moisés invoca al Dios misericordioso para que siga a su lado en su doloroso caminar por el desierto.

II Corintios 13:1113: San Pablo saluda a los cristianos de Corinto deseándoles la paz de Nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo. Paz, amor y comunión que han de vivir y compartir unos con otros como hermanos y hermanas.

Juan 3:1618: Cristo, enviado al mundo por el Padre, es la expresión más hermosa del amor de Dios hacia nosotros porque en Cristo Jesús podemos alcanzar la salvación. Quien cree en Él y le sigue, no perecerá sino que conseguirá la vida eterna.


Mensaje a la vida

Es muy posible que haya quedado usted lleno de confusion una y otra vez al intentar comprender desde los recursos de su mente humana el significado del misterio de la Santísima Trinidad; un misterio que proclama que Dios es uno en tres personas distintas. Es muy normal su confusión ya que nuestra mente humana, por muy brillante que sea, nunca podrá penetrar la barrera infranqueable del misterio; a él sólo podremos tener acceso por medio de la fe.

El misterio de la Santísima Trinidad no es, sin embargo, simple lejanía a la que no debemos ni intentar acercarnos. Se trata de una realidad misteriosa, sí, pero que se puede hacer muy cercana a nuestra vida al mirarla con los ojos de la fe. Y ésta es la razón: Creemos en un Dios que se nos ha manifestado como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo. Misterio y realidad que nos habla de lo que verdaderamente es Dios: tres personas muy cercanas a nosotros y que tienen una influencia decisiva en nuestra vida diaria.

En la segunda lectura de la Liturgia de la Palabra de esta fiesta, hemos escuchado a san Pablo en su carta a los cristianos de Corinto hablando de «la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios Padre y la comunión del Espíritu Santo». Y creo que en esta breve frase podemos ver resumidas las características más importantes de las tres Personas de la Santísima Trinidad.

Hablamos del amor del Padre porque, ante todo, Dios es amor; un amor que se nos ha revelado de muchas maneras a lo largo de la historia de la salvación y que llega a su expresión más perfecta en la persona de Cristo Jesús. Así es como Cristo mismo se lo dice a Nicodemo: «Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan la vida eterna».

Porque Dios es amor, Él mismo envía a su Hijo al mundo; y no lo hace para condenar al mundo, sino para salvarlo. Por eso nos invita a seguir y a escuchar a su Hijo: para que en Él lleguemos todos a encontrar la salvación.

Quizás nos es familiar la imagen de Dios juzgando y condenando a los malos, a quienes no le han sido fieles en la vida… Sería más justo decir, sin embargo, que somos nosotros los que realmente nos condenamos a nosotros mismos. Y lo hacemos cuando conscientemente rechazamos la invitación a seguir a Cristo que nos ofrece hoy de nuevo a todos su salvación.

No, no debemos hacer a Dios responsable de nuestro destino personal. Él nos ha dado el precioso tesoro de la libertad para que nosotros mismos tomemos la decisión de aceptar o rechazar la salvación que generosamente ofrece a todo el que crea con todas las consecuencias en su Hijo Jesús.

La gran revelación que Cristo nos ha hecho de Dios es, precisamente, que Él es padre; el padre en quien podemos confiar, en quien podemos encontrar siempre el perdón porque nos ama. Por eso, una de las afirmaciones más hermosas que podemos hacer sobre Dios es que su amor es incondicional, sin reservas. Dios no espera a que nosotros le amemos primero; Él tiene un corazón de padre y de madre dispuesto a amar siempre y por encima de todo.

San Pablo nos habla de «la gracia de Nuestro Señor Jesucristo». En la segunda persona de la Santísima Trinidad se nos ofrece la gracia porque es en Cristo Jesús donde se encuentra nuestra salvación.

El amor del Padre se halla personificado en su Hijo Jesús porque en Él, el amor se hace cercanía, entrega, servicio… En su vida diaria, en su mensaje y, sobre todo, en su muerte en la cruz, podemos ver y experimentar lo que es el verdadero amor; un amor que debemos hacer nuestro y vivir a partir de él; un amor que se nos presenta hoy como alternativa única para mantener viva la esperanza.

Como buen Maestro, Cristo nos invita a seguirle saliendo fuera a compartir con los demás la salvación que de Él hemos recibido. Por ser cristianos, tenemos que hacer presente a Cristo en el mundo como una persona que está influyendo y transformando nuestra vida y que quiere ser parte de la vida de los demás. Como seguidores de Cristo, podremos ser un testimonio vivo de esperanza en el mundo porque en Él podemos experimentar lo que es la verdadera salvación.

San Pablo desea a sus cristianos «la comunión del Espíritu Santo», la tercera persona de la Santísima Trinidad. En el Espíritu Santo podemos ver personificado el ideal de una «común unión» que se convierte en una de las características básicas de cuantos formamos la comunidad cristiana.

Esta es una de las misiones encomendadas al Espíritu Santo: congregarnos a todos en la unidad, para que lleguemos a experimentar lo que significa de verdad ser y sentirnos hermanos y hermanas de los demás.

Esta es la misión que el Espíritu Santo sigue realizando a diario en cada uno de nosotros, los cristianos. Él es «el dulce huésped del alma», que ilumina nuestro caminar por la vida impulsándonos constantemente a centrar nuestra actividad de cada día en lo único que puede dar sentido a nuestra vida: en la vivencia sincera del amor.

Tener fe en la Santísima Trinidad significa aceptar a estas tres divinas personas como parte esencial de nuestra existencia humana. Porque nuestra fe está fundamentada sobre la realidad de unas personas, no de unos conceptos o ideas. Por eso, nuestra fe ha de ser, ante todo, trinitaria, es decir, inspirada en un Dios que se nos revela como Padre, como Hijo y como Espíritu; el Dios que envuelve toda nuestra existencia y le da sentido.

Porque creemos en un Dios Trino, hoy lo celebramos. Celebramos el amor sin medida de Dios Padre, la salvación gratuita de Dios Hijo y la fuerza de la unión que brota de Dios Espíritu Santo. Esto es más que un misterio que no podemos comprender con nuestra mente humana. Es una realidad de la que se alimenta nuestra fe y en la que cobra un sentido nuevo toda nuestra vida.

Sin embargo, nuestra fe en la Santísima Trinidad no ha de ser sólo un motivo para celebrar; debe impulsarnos también a aceptar un compromiso de hacer presente en el mundo lo que significan y representan estas tres divinas personas en las que creemos; en pocas palabras, debemos aceptar el compromiso de compartir con nuestros hermanos y hermanas «la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo»; unos dones que sólo pueden venir de Dios y que se encuentran de una manera maravillosa en estas tres divinas personas de la Santísima Trinidad.


Para reflexionar en grupo

¿Has encontrado dificultades al intentar entender o explicar el misterio de la Santísima Trinidad? ¿Por qué?

¿Has experimentado de alguna manera en tu vida diaria la acción del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo?

¿Qué deberías hacer en este momento para dar en la vida testimonio de tu fe en la Santísima Trinidad?