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10 de enero: Fiesta del Bautismo del Señor

 Abril Villarreal-Medina
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Fiesta del Bautismo del Señor, Ciclo C
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Comunidad Bautismal y Comprometida

Isaías 42:1-4, 6-7: Dios elige a su siervo y derrama sobre él su espíritu para que implante la justicia y el derecho en la tierra. Actuará a la vez con suavidad y firmeza. Quienes se encuentren esclavizados alcanzarán en él la liberación.
Hechos 10: 34-38: En Cristo se hacen realidad todas las promesas liberadoras de Dios. Un día sería ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo impulsándole a salir al mundo y cumplir su misión liberadora. En Cristo se encarna el siervo anunciado por Isaías.
Lucas 3:15-16, 21, 22: Jesús, como un judío más del pueblo, se acerca a Juan Bautista para recibir el bautismo de penitencia que ofrecía en el Jordán. Mientras oraba, se hizo presente el Espíritu Santo y se oyó la voz del Padre proclamando a Jesús como su Hijo amado y predilecto.


Mensaje a la vida

       Celebramos hoy la fiesta del bautismo de Jesús; un bautismo que no se identifica con el bautismo que nosotros recibimos como cristianos. Nosotros no nos bautizamos –como piensan algunas personas– porque un día Jesús se bautizó. Ambos bautismos son distintos porque distintas son sus metas y su finalidad.
       Juan Bautista administraba un bautismo de penitencia, como llamada al arrepentimiento en vistas a los tiempos nuevos que se avecinaban con la llegada del Mesías. Este es el bautismo que Jesús recibió de Juan, como el resto del pueblo judío.
       Nuestro bautismo cristiano tiene otro sentido: nos habla de entrada a la comunidad cristiana, de limpieza interior, de aceptación de unos compromisos que, llevados a la práctica, nos identificarán ante el mundo como auténticos discípulos de Cristo.
       Estas diferencias que encontramos entre el bautismo de Jesús y el nuestro no impiden, sin embargo, que encontremos en ambos algo en común. Para Jesús, su bautismo fue como el punto de partida hacia su «vida pública», una vida entregada a la proclamación del Evangelio, la Buena Nueva de la salvación.
       Para nosotros, nuestro bautismo también tiene sentido de comienzo, de punto de partida… Es el momento en que aceptamos –o aceptaron nuestros padres por nosotros– el compromiso de proclamar de palabra y con la vida que Cristo es nuestro Salvador y que su mensaje es para nosotros mensaje de vida, de alegría, de esperanza.
       El «siervo de Dios» anunciado por Isaías como el promotor y defensor de la justicia y el derecho en la tierra, se hace presente en el mundo en la persona de Jesús. Ese hombre que se acerca a recibir el bautismo de Juan, aparentemente igual a todos los hombres, tiene una misión muy especial que cumplir.
       El Padre y el Espíritu Santo lo atestiguan. Aquel hombre es el Hijo Predilecto del Padre que, impulsado por el Espíritu, comenzaría a recorrer el mundo anunciando la llegada definitive de la liberación.
       Cristo ha querido que su misión salvadora se extendiera a todas las gentes y a lo largo de toda la historia por medio de sus discípulos, de todos aquellos que un día tomaran la decisión de seguirle; un seguimiento que arrancaría con el primer paso dado el día de su bautismo, un paso que nos llevaría hacia el encuentro de una comunidad cristiana que tiene como misión presentarse ante el mundo como testigo fiel de Cristo Jesús y de su mensaje salvador.
       Como cristianos ni podemos creer solos ni caminar solos por la vida. Lo debemos hacer unidos a los demás, conscientes de que somos parte de una comunidad cristiana que tiene unos compromisos que realizar en la vida; los compromisos que un día nuestros padres y padrinos –en nombre de la comunidad cristiana– aceptaron en nuestro nombre y que hoy debemos hacer nuestros llevándolos a la práctica diaria de la vida.
       El mismo ritual del bautismo nos habla de lo que somos y de lo que debemos hacer como parte de una comunidad de bautizados. En primer lugar, somos una comunidad de fe. Así es como nos debemos presenter ante el mundo; y lo debemos hacer porque el día de nuestro bautismo respondimos positivamente a una serie de preguntas que venían a ser como el compendio de las verdades de nuestra fe.
       El «sí» que dieron nuestros padres y padrinos en nuestro nombre, debemos seguir repitiéndolo hoy nosotros haciéndolo parte de nuestra vida. Y no estamos hablando, evidentemente, de afirmaciones que pueden resultar superficiales o rutinarias. Las verdades de la fe han de estar en nuestra mente y en nuestro corazón; es decir, deben cobrar su pleno sentido en nuestra vida diaria. Y para que de verdad tengan sentido, estas verdades deben ser el recurso normal que usamos a diario para dar una respuesta a los problemas o situaciones nuevas que nos presente la vida.
       Por ser parte de una comunidad de fe, nace en nosotros la necesidad y la urgencia de crecer en la fe, de profundizar en las verdades que un día profesamos al recibir el bautismo y que hoy deben convertirse en norma de nuestra vida.
       El crecimiento en la fe no se detiene con la llegada de la adolescencia, la juventud o la edad adulta. En cada época de nuestra vida debemos aprender de nuevo las verdades de la fe porque sólo así seremos capaces de dar una respuesta cristiana a los interrogantes nuevos que vayan surgiendo a lo largo de nuestro caminar siempre nuevo por la vida.
       Por ser bautizados, somos parte de una comunidad convertida o en proceso de conversión. Nuestros padres hicieron en nuestro nombre una triple renuncia: al demonio, al mundo y a la carne. Una primera renuncia bautismal que ha de impulsar constantemente nuestra vida hacia una renovación interior, hacia una vuelta diaria a los valores del Evangelio.
       Nadie se convierte de una vez para siempre. Constantemente debemos hacer una revisión de nuestros valores, de los caminos que estamos recorriendo, de toda nuestra vida, a la luz de aquella primera opción que hicimos el día de nuestro bautismo. Caeremos en la cuenta de que vamos a tener que seguir renunciando a muchas cosas para mantenernos fieles a las promesas de nuestro bautismo.
       Desde este proceso continuo de conversión, podremos presentarnos ante el mundo como una comunidad liberada y liberadora. La limpieza interior que nos proporcionó nuestro bautismo nos debe impulsar a mantenernos libres de todo lo que nos esclavice, de cuanto sea un obstáculo para vivir a diario desde la libertad de los hijos de Dios.
       Esta vivencia de nuestra propia liberación hará posible que nos presentemos ante el mundo con el orgullo santo de saber que somos parte de una comunidad cristiana y bautismal. Y nos convertiremos en una invitación a luchar contra todo lo que esclavice y deshumanice porque estará destruyendo la misma raíz de nuestra dignidad humana y cristiana. Será así como nos convertiremos en comunidad liberadora de las esclavitudes que está padeciendo hoy la humanidad.
       Estas son las repercusiones maravillosas de nuestro bautismo. Desde una vida fundamentada en la fe y en proceso continuo de conversión sincera, podremos experimentar lo que es la liberación; una liberación que vivimos y proclamamos en nuestro mundo como fieles seguidores de Cristo, nuestro Salvador.

 


Para reflexionar en grupo

1.  ¿Te sientes parte de una comunidad de fe? ¿Qué sentido tiene hoy la fe cristiana en tu vida?

2. ¿Vives en proceso de conversión, de renuncia a todo lo que se oponga a los valores del Evangelio? ¿Cómo lo demuestras?

3. ¿Te sientes parte de una comunidad liberada y liberadora? ¿Qué aspectos de tu vida están aún necesitados de liberación?